Las mentiras
Te beso.
Me abrazas.
Nos mentimos.
Fragancias se entrelazan con la penumbra que nace de nuestras miradas cabizbajas. Nos atrapan y nos retraen hacia el otro, pero caminamos contracorriente sin dejar ver las lágrimas que se deslizan por nuestras mejillas y las grietas que se forman en nuestros corazones.
Aquel atardecer en que nuestras miradas se encontraron por primera vez… Con superficiales palabras llamaste mi atención; no la suficiente, vale aclarar. Resoplé tus vagos intentos de aproximación, por lo que te asomaste decididamente al tomarme del rostro. Me estremezco; me queman tus yemas en el rostro.
Alguna noche te transmití mis esperanzas de detener los numerosos desencuentros que el amor plantaba como minas bajo mis pies descalzos. Recuerdo que reíste suavemente al ritmo de mis latidos y me tomaste de la mano. Como si no bastara el haber tomado mi vida; ya lo habías logrado, sí, raptar mi existencia y encapsularla en un vestidor de murallas, de impedimentos.
Te miento, pero quiero que sepas que fingir un planteamiento de historias entre tú y yo es un armamento que la vida construye entre risas maliciosas… No soy yo la que planeaba anclarme a tus andares aquel atardecer, aquella noche, para estar en este crepúsculo pensando y explicándome cómo es que no te amo y nunca lo haré, cómo no podría enamorarme de tus burdos placeres y falaces atracciones, cómo me disgustan tus desamores fugaces y tus miradas desde la puerta de mi habitación.
A veces te vas, yo siempre me quedo. Pero quieta jamás; me doy la vuelta, te cierro el paso, y me miento. Quizás yo soy la que me planto las minas. Tal vez mis murallas vengan pre fabricadas con esa obsesión que tienen las personas por ese pecado llamado amor. De repente jamás seremos lo que anhelamos ser.
Pero, lo que sí… Siempre queda la posibilidad de levantar la cabeza y volvernos a mirar con sinceridad.
