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El fin del yo

Las mentiras

Te beso.

Me abrazas.

Nos mentimos. 

Fragancias se entrelazan con la penumbra que nace de nuestras miradas cabizbajas. Nos atrapan y nos retraen hacia el otro, pero caminamos contracorriente sin dejar ver las lágrimas que se deslizan por nuestras mejillas y las grietas que se forman en nuestros corazones.

Aquel atardecer en que nuestras miradas se encontraron por primera vez… Con superficiales palabras llamaste mi atención; no la suficiente, vale aclarar. Resoplé tus vagos intentos de aproximación, por lo que te asomaste decididamente al tomarme del rostro. Me estremezco; me queman tus yemas en el rostro.

Alguna noche te transmití mis esperanzas de detener los numerosos desencuentros que el amor plantaba como minas bajo mis pies descalzos. Recuerdo que reíste suavemente al ritmo de mis latidos y me tomaste de la mano. Como si no bastara el haber tomado mi vida; ya lo habías logrado, sí, raptar mi existencia y encapsularla en un vestidor de murallas, de impedimentos.

Te miento, pero quiero que sepas que fingir un planteamiento de historias entre tú y yo es un armamento que la vida construye entre risas maliciosas… No soy yo la que planeaba anclarme a tus andares aquel atardecer, aquella noche, para estar en este crepúsculo pensando y explicándome cómo es que no te amo y nunca lo haré, cómo no podría enamorarme de tus burdos placeres y falaces atracciones, cómo me disgustan tus desamores fugaces y tus miradas desde la puerta de mi habitación.

A veces te vas, yo siempre me quedo. Pero quieta jamás; me doy la vuelta, te cierro el paso, y me miento. Quizás yo soy la que me planto las minas. Tal vez mis murallas vengan pre fabricadas con esa obsesión que tienen las personas por ese pecado llamado amor. De repente jamás seremos lo que anhelamos ser.

Pero, lo que sí… Siempre queda la posibilidad de levantar la cabeza y volvernos a mirar con sinceridad.

    • #cuento corto
    • #pasajes
    • #corto
    • #amor
    • #mentira
  • 1 week ago
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Enamorarse es

Enamorarse es

conocer tu aroma

mejor que el mío propio

Recordar esas miradas

a través de la multitud

Sentir tus roces

como si ahora sucedieran

Cerrar los ojos

y recordarte en cada encuadre

Salir a la calle

y divisarte en cada memoria

Escuchar tu voz

y sonreír con nostalgia

Mirar al cielo

y saber que estás en algún lado

Saber de ti

y sentir escalofríos en la piel

Oírte respirar

y suspirar a tu ritmo

Verte a lo lejos

y sentir la distancia

Estar frente a ti

y que mis ojos no basten

Reír contigo

y nunca ser tan feliz

Mirarte a los ojos

y que se corte mi respiración

Enamorarse es

esto, lo nuestro,

lo que se perpetua aquí,

ahora,

que cojo tus manos

lloro en tus palmas

beso tus párpados

y te siento, para siempre.

  • 1 week ago
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Sentimientos olvidados.: Horizonte

daendiscoming:

Y si, estás lejos. No es que no te tenga porque nada es realmente mío. Yo soy de apreciar las cosas, de encontrarle sentido o dárselo si no lo tienen. Ahora que estás lejos, y rompí mis principios, sólo me queda contemplarte. Verte ser feliz con quién quieras, con lo que quieras. Agradecer que…

  • 3 weeks ago > daendiscoming
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lulz-time:

thefrogman:

Vader’s Little Princess by Jeffrey Brown [amazon]

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(via sciocchezza)

Source: brain-food

  • 1 month ago > brain-food
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Al revés

Casi todo está al revés.
El camino que una vez mis manos siguieron a través de tus labios está bloqueado ahora. Encontraba antes una esfera de conocimientos de qué punto rozar con más delicadeza y cuál apretar con mayor pasión. 
El viento ha formado un cauce de familiaridades entre tus ojos y los míos, enredando los recuerdos y trenzándolos desordenadamente en forma de gancho, que no se logra aferrar de ningún lado y solo encuentra un eje en los años anteriores. Años que logro divisar con cierta pesadez a través de un muro de reflexiones y efímeras posibilidades de mejoría.
La noche cayó sobre nuestro amorío en una temprana sentencia. Vimos, aferrados de las manos y temblando de temor, cómo iba empujando la luz lejos de nuestros cuerpos y nos embaucaba en una atmósfera de resentimientos, graves pisadas, silencios elocuentes y lágrimas banales.
No hubo remedio, no había vuelta atrás.
La casualidad que en primera instancia forjó este encuentro ahora se esconde, tímida, tras los cálidos abrazos que una vez se dieron entre tú y yo. Sabe, como nosotros, que la infinita gama de ruletas soltó cuerda por ella, y erró. Solo que no sabe cómo.
Y hoy, mirando el mundo al revés y tus miradas dándome la espalda, confío en que una noche podré contemplar el amanecer de la suerte de otra casualidad.

    • #pasajes
  • 1 month ago
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Rozaron historias

Y él cogió sus manos, depositándolas suavemente sobre su curtida piel. Ella acarició con delicadeza sus piernas. Se miraban a los ojos.

De que el amor, ese tío lleno de fragancias indecorosas, estaba omnipotente entre aquel lazo, no había duda. Si la pasión que conectaba sus ojos era palpable, literalmente. Extendías un dedo y la oías vibrar bajo tu tacto. Hasta pasaba electricidad.

Aquella velada en que se encontraron por vez primera quedará en la historia, impresa como evidencia de que el amor a primera vista sí existe. Él la oyó, de alguna forma, entrar a la habitación, tan colmada de gente, tan impregnada de palabras sin sentido, y ella fue como un ruido estruendoso en su mente; mientras que, por otro lado, cuando ella levantó la mirada fue porque sintió un intimidante silencio proveniente de un cuerpo entre todo ese alboroto. Se miraron. «Así que con eso se referían al amor a primera vista», había pensado yo. «A las miradas entrelazadas».

Asustada ante tal inundación de sentimientos que no logró comprender, ella había huído afuera. Sentada, apartada del mundo, trató de aspirar el frío aire que le cortaba la respiración y le quemaba los pulmones, hasta que de nuevo dejó de oír. Sintió su presencia. Y una voz, inexplicable, dijo:

«No puedes andar tan desabrigada en estas fechas. Ya es invierno»

Ella empezó a tiritar, poco a poco. Y no por el frío. Él se acercó, a paso callado, con las manos en los bolsillos. Una leve sonrisa era descifrable en su rostro, aun entre la tanta oscuridad en que la noche los absorbía.

Ella le sonrió rápidamente, y al hacerlo hizo sin querer una mueca, con lo que él solo sonrió más. Yo los observaba. La timidez y perspicacia que salía de uno se veía neutralizada por la curiosidad insaciable del otro. «Un complemento perfecto de aquellos», me dije.

Él se acercó más, mientras se quitaba la casaca. Se la puso alrededor de sus hombros, y se sentó a su lado, muy cerca. La miró a los ojos; el ruido desprendiéndose de su cuerpo lo tranquilizaba, le hacía compañía a la soledad de su mente. Se volvieron como un círculo de luz entre tanta sombra. Sobre todo por la mirada de admiración que ella le brindó, la cual trató de bloquear con un ceño fruncido que a nadie engañaba.

«Vas a coger frío», le dijo.

Él había apoyado sus codos sobre sus rodillas, inclinado hacia adelante. Ya no la miraba. «Para qué», pensé yo, «si ya la arropó, el abrigo de esos ojos queda fuera de plano, totalmente redundante». Negó con la cabeza, y respiró hondamente, sonriendo de nuevo.

«No es molestia. Me gusta el frío.»

Al verlo sonreír una vez más, ella sonrió también; su rostro se suavizó como quien en un día de penurias escucha un silbido susurrando su melodía favorita.

«¿Y eso por qué es?»

Pude ver cómo él entrecerraba los ojos.

«Me hace sentir vivo», lo oí susurrar.

Así se sentía ella mientras bajaba sus manos hacia sus pantorrillas: un frío que quemaba tanto que le acaloraba. El frío viento que se colaba por la ventana le recordaba los días en que no se veían, pues este le daba aliento para vivir cuando él no estaba. Solo dos cosas lograban darle vida: él y el viento. Y aun siendo otoño, de ambos, el frío seguía siendo el menos dañino.

Tras ese primer encuentro, concertaron uno próximo. Claro, ¿cómo no lo iban a hacer tras aquellas promesas calladamente realizadas? Se habían despedido con un roce de labios casi imperceptible y un par de miradas cargadas de ruido y silencio, silencio y ruido.

El tiempo comenzó a pasar. Y ambos vivían en desesperación. Yo lo veía a él mientras caminaba por las calles con la mirada perdida, el rostro compungido y anonadado, pues nadie le decía nada, el mundo callaba y él no obtenía respuestas. Después, volteaba y la miraba a ella pasear con un andar ansioso, con la mirada apagada, desesperada por la bulla estruendosa de las mentes incomprensivas, que la frustraba. «Fugaz», pensaba yo, «aquellos cuerpos sin rumbo ya encontraron un sendero y no lo saben.»

Porque el cambio se había dado ahí. Ni antes, ni después. Al menos no un cambio significativo. Una vez presente el sentimiento, no hay vuelta atrás. Solo queda seguir hacia adelante, y descubrir el amor con nuevos ojos.

Descubrir… implica un riesgo, quizás hasta representa un peligro. Podría desembocar en corazones rotos. Pero una vez dado el cambio, da igual si piensas que no puede ser; es y es hora de afrontarlo.

Pero nunca se encontraban. Parecían un par de ciegos caminando por el subterráneo de la razón en comparación a la sabiduría que les llena los ojos ahora que se observaban. Se estudian, se sienten, se aproximan y se vuelven a alejar, para volverse a observar mejor, con más detenimiento, con más soltura y recato. Y se acarician, acostumbrándose al roce del otro, recordando el segundo encuentro, la segunda batalla de labios.

La vi sentarse en una banca un atardecer de diciembre. Hacía calor, mas la brisa comenzaba a correr, juguetona. Sonreí; sabía que era el momento. Pero ella no. Observaba la nada bajo la sombra de un farol, cuando de pronto dejó de oír. Se emocionó, sintió el cambio, pero no se daba cuenta de lo que eso significaba; mientras que él, que corría de la paz, se llenó de miedo ante el sonido. Y la divisó, como un camino abriéndose paso ante él.

Después de todo, el amor es oportunidad y coincidir.

«No puedes esperar que ande atrás tuyo siempre abrigándote.»

Ella sonrió; la paz la inundaba. Y volteó la cabeza, justo en el momento en que él le ponía la casaca sobre los hombros. Él le sonrió.

«No, no es eso. No tengo tanto frío. Pero gracias, igual»

Él tomó asiento a su lado, apuradamente. Ella no se arrimó. De nuevo quedaron cerca.

«Cuéntame dónde te has perdido estos días», la oí pedir.

Entonces ella se sumergió en su voz contándole de cualquier pormenor de esas veladas. Daba igual lo que dijera, ella solo quería escuchar el silencio en su alma, provocado por esa hermosa voz que nunca podía describir, que solo cuando la escuchaba era capaz de explicársela a sí misma.

Y mientras él hablaba, se acercaban poco a poco, hasta que sus narices quedaron juntas, y él seguía hablando, emocionado por la compañía que el ruido de su presencia causaba en su carne.

«No importaba si él no la quería», sentencio yo, mirándolos ahora. «Porque él estaba ahí cuando ya nada quedaba.»

Y, de pronto, quedó un beso. Si les preguntas ahora, suponiendo que lograras interponerte en aquella composición melódica de caricias en la que se encuentran absortos, te dirán que no saben cómo fue que sus labios se encontraron. Solo declararán que sucedió, y lo volverán a hacer.

Y fue ahí cuando lo supieron. Porque cuando se desprendieron, lentamente, entre la neutralidad de sus expresiones sonoras, encontraron en los ojos del otro aquella respuesta, aquella vida.

Aquel frío.

Yo solo disfruto de sentarme aquí y mirarlos intimidarse levemente ante la pasión y el miedo; ambos, perceptibles entre el puente de sus miradas. Reflexiono, ¿no nos pasa así a todos? ¿No es el amor una mezcla inevitable de ganas de saltar al abismo y temor por una caída estrepitosa? Sí, lo es, pero depende del lazo de las miradas para que el cruce de ese abismo concluya en uno o el otro.

Yo solo sé, al final del día, que cuando rozo sus piernas y lo miro a los ojos, su silencio rompe las barreras de la gravedad.

    • #amor
    • #amor a primera vista
    • #cuento corto
    • #cuento
  • 2 months ago
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Me llamo Alessandra, pero prefiero que me digan Ale. Desde que tengo memoria me ha encantado escribir historias , y con suerte esto que empezó como hobby se volverá mi carrera.

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